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MITO Y CULTO

Nos ha parecido pertinente traer a colación el prólogo de un libro que, aunque publicado el  año 1933, no deja de tener vigencia por cuanto desenmascara la concepción positivista y empirista acerca del Mito. La obra de W. Otto, Dionisio, fue en su momento indiscutiblemente un estudio que hizo luz en quienes estaban en desacuerdo con las teorías evolucionistas acerca del mismo. Otto pone las cosas en su sitio e indica cuáles son los puntos flacos de las escuelas más sobresalientes en ese momento: la etnográfica y la filológica. Pero el artículo lo hemos traído a colación porque continúa siendo vigente. Tan desconocido para muchos el mundo griego arcaico, como el mundo clásico griego, que por regla general se reduce a la enumeración de los dioses teniendo sólo una visión del periodo decadente, tanto del final del período clásico como  del helenismo respecto de la cultura griega anterior. Justamente la visión griega de la disciplina, el orden y la armonía, sea a través de los mitos propiamente, manifestada en su “religión” con la poesía homérica y posterior nacimiento de la lírica,..., hace propicio este artículo. Y no olvidemos que la “literatura” únicamente recoge lo que ya era en los pueblos de la Hélade.

Es interesante igualmente destacar el gran desconocimiento de la propia tradición  propiamente occidental, de sus raíces y de su visión religiosa, menos fideísta y más individual, lo que algunos tildan de individualista, que equiparan con la tendencia titánica del ser humano. Sin embargo este es un tema que creemos no se ha puesto en su lugar, y con el tiempo iremos incluyendo comentarios y artículos sobre el mismo.

 

 

MITO Y CULTO

 

En lo que atañe a la comprensión de la antigua religión griega, hoy se enfrentan dos escuelas, de las cuales una es considerada etnográfica, y la segunda filológica. Ambas tratan  de adentrarse en los comienzos de la creencia  religiosa para comprender lo que emana de tales orígenes.

Los adeptos de esta corriente etnográfica están convenidos de que el contenido originario de esta creencia equivale a las ingenuas ideas que aún hoy se encuentran o se cree encontrar entre los pueblos primitivos y en algunas remotas regiones campesinas de Europa. En algún momento, se dice, las ideas básicas de todos los pueblos debieron de estar determinadas por necesidades simples y el sentido común.. Esta era temprana, de la que suponen dan cuenta las culturas primitivas, les sirve para rastrear las ideas  religiosas de los griegos. De ahí que se busque el sentido originario de todas las divinidades en los ámbitos de las necesidades más elementales de la vida y que se conformen con atribuir a cada una de ellas la caracterización de “dios de la vegetación”.

Frente a estos teóricos que extraen sus principios de la antropología y la psicoetnografía, tenemos a los filólogos. Su lema es “atenerse a los griegos y reflexionar en griego sobre lo griego”. Así lo formuló recientemente Wilamowitz, quien se ha convertido en  en su portavoz con su admirable última obra, Der Glaube der Hellenen. En muchas ocasiones se ha expresado con dureza, si no con acre sarcasmo, contra los principios y métodos de la corriente opuesta, de modo que cabía encontrar en su propia aportación una respuesta muy diversas a los asuntos fundamentales. Pero ha defraudado estas expectativas, pues hemos visto que la escuela filológica, en cuyo representante se había erigido, coincide con su rival en todas las cuestiones esenciales. Y, así, ambas aplican de idéntico modo el “concepto de evolución” derivado de la biología.

Y, si la biología se sentía autorizada a presuponer que hay una línea evolutiva progresiva que lleva de los organismos más bajos a los más elevados, ellos también al comienzo de la evolución del pensamiento religioso las llamadas “ideas simples”, de las que mediante sucesivas transformaciones, habrían de surgir las grandes deidades de la época clásica. Cierto que la propia biología debió reformarse y mostrarse más modesta, reconociendo creaciones repentinas allí donde antes sólo veía procesos progresivos. Pero no es ésta el reparo más importante contra el método aplicado por nuestra ciencia de las religiones. Pues, cuando la biología hablaba de “evolución” siempre colocaba al comienzo a un organismo que, por muy simple que se concibiera, poseía en cualquier caso la principal característica de un organismo; ser en sí un todo autoestable. Sólo lo vivo es capaz de evolucionar.  En las construcciones de la investigación sobre religiones, en cambio, la evolución no avanza desde la vida simple a una más compleja y alta, sino de lo inerte a lo vivo. Pues los contenidos de la creencia que se consideraban primigenios no son otra cosa que conceptos y esquemas carentes por completo de vida.

Lo probaremos cumplidamente al hilo de las observaciones que Wilamowitz dedica al devenir histórico de los dioses. Éste rechaza con vehemencia las opiniones de los investigadores que se basan en las culturas más lejanas; más si tratamos de examinar cuáles son, en su opinión, las formas primigenias de las ideas religiosas, el resultado no parece diferir mucho de tales opiniones. Un ejemplo bastará para aclararlo. El dios Hermes no debió ser en principio más que un dios protector, cuya presencia señalaban las columnas de piedra y los montículos colocados delante de las granjas y caminos. Pero todos los rasgos que definen su carácter, el doble sentido de guía y enredador, el dar y el quitar repentinos, la sabiduría y la artimaña, el espíritu del amor alcanzado, el espejismo de la luz incierta, el misterio de la noche y de la muerte,..este todo polifacético, inagotable y que jamás no niega jamás la unidad de su esencia, debe de constituir en realidad un complejo de ideas que ha emanado lentamente de las condiciones de vida de sus veneradores, de sus deseos y tendencias , enriquecido por el placer de fabular. A la creencia primigenia y la única verdadera, Wilamowitz le dedica únicamente la idea de un dios protector y propicio a la ayuda, es decir, a la imagen de un ser cualquiera que colabora, pero que no posee rasgos propios, a no ser el poder que requiere tal ayuda.

De este modo tendríamos al comienzo del proceso que se denomina “evolución” una mera nada, con lo que la noción de evolución pierde todo sentido. Pues a un dios tal y como se describe aquí le falta toda esencia y lo que no tiene esencia, no es nada. La sentencia que Wilamowitz citara con tanta seriedad: “¡Los dioses están aquí!”, es decir que la creencia ha de estar ante todo segura de su ser antes de que la fantasía pueda ocuparse de ella, este principio parece quedarse enmera fórmula. Lo que se toma por el objeto más preciado de la creencia prueba, tras un primer análisis , no “estar ahí” y el reparo que el propio Wilamowitz esgrime con razón contra la teoría de Usener puede aplicarse igualmente a la suya: “Ningún hombre venera un concepto”. El dios protector que ayuda no es más que un concepto de la razón, y nadie había reparado él, si no diera previamente la noción de “dios” gracias a la educación y la instrucción religiosa, definiéndolo como un ser poderoso cuya globalidad excluye toda forma y carácter. Sólo el concepto dogmático de un Ser al que se asignan todos los atributos ha conducido a la idea de un Algo que sólo posee uno , y encima un atributo tan abstracto como el de protección, no pudiera ser “el Dios” pero sí un dios. Lo que, por lo tanto, se nos ofrece como contenido de una creencia primitiva, no es en realidad más que una noción posterior y falta de sentido. Pero, allí donde la creencia se interioriza con una certeza palpable de la presencia de un dios, sólo cabe concebir a éste como Esencialidad viva y no como mero atributo o cualidad.

Y siempre que haya algo esencial, un todo vivo, en la raíz del contenido originario de la creencia, nos preguntaremos admirados por qué el “carácter”  que necesariamente debió de tener como ser vivo no puede ser ese que se nos presenta bajo las diversas apariencias del mito. Con ello no descartaríamos en absoluto la idea de evolución, sino que le devolveríamos un sentido más sensato. Pues sólo donde hay un Ser puede producirse un desarrollo o desdoblamiento.

Estas reflexiones se dirigen contra la obra del venerable sabio únicamente porque ha sido hasta la fecha el maestro indiscutible de la investigación y porque por eso mismo la inconcreción de sus conceptos básicos resulta más evidente. Pues el error de aquellos cuyas nociones ataca con más vehemencia es igual al suyo.

Expresiones como “dios de la vegetación”, el “dios de la muerte” y parecidas generalidades en las que suelen disolverse las deidades vivas, como si con ello se diera con las nociones originarias de la conciencia religiosa, no son más que conceptos muertos. ¿Cómo podrían satisfacer las exigencias de la devoción, elevar el espíritu y producir ritos tan poderosos? De un concepto no surge la vida y, si aspiramosa entender históricamente las grandes figuras de los dioses que fueron capaces de poner en movimiento el espíritu creador de una cultura genial, no cabe imaginar planteamiento más estéril que éste.

El propio culto, en cuyos testimonios confiamos, podría enseñarnos que la fertilidad y la muerte no ocupaban ámbitos separados en el universo de las creencias de la Antigüedad. Quien persiga estos rastros debería descubrir también  definitivamente los amplios círculos de existencia desde que lo divino se dirigía a la creencia viva. Pero para ello sería imprescindible ampliar y elevar nuestras ideas , en lugar de limitarse a lo más mísero descendiendo a su nivel.......(...)

De modo que estos dos bandos, que parecen defender principios tan diversos tienen en común considerar todo lo que se adscribe al corpus vio  de una creencia como resultado azaroso de una llamada “evolución” y no son capaces de elaborar más que inocuos esquemas para explicar su contenido primigenio.

No cabe duda de que tal es la razón por la cual las investigaciones más recientes desembocan en el vacío y la monotonía, a pesar de su derroche de erudición y agudeza y de las constataciones más loables. La pregunta por el sentido y el sentido responde siempre con fórmulas hueras de concepción o percepción religiosa, que han de considerarse válidas para todos los pueblos y culturas y que, debido a las variables condiciones vitales y necesidades, adquieren un contenido indeterminado y por lo tanto modificable hasta lo informe. Nada advierte de una revelación de lo divino que pudiera caracterizarse como propiamente “griega”; nada atestigua un espíritu que un día concebiría la idea de arte griego y del conocimiento  griego y que estaba llamado a convertirse en la guía de un universo nuevo. Los investigadores de cuño filológico se esfuerzan honradamente por adentrarse en el universo religioso de los poetas y filósofos, y a los “modernos historiadores de la religión” les reprochan con Wilamowitz que su interés decaiga con la aparición decaiga con la aparición de los grandes dioses y resurja únicamente “cuando la vieja religión se disuelve y es sustituida por la zafia superstición de los papiros mágicos”; pero su individualismo sólo les permite imaginar al os creadores de todo lo relevante y profundo según el modelo de grandes personalidades aisladas, de modo que todo lo que constituye un periodo anterior a su aparición, es decir, la época en que nace la religión griega, resulta falto de espíritu. Y, así, la “historia” de las creencias religiosas comenzaría con la nada y no con revelaciones.

 



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