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George Frazer-en “La Rama Dorada”berrargitalena

CAPITULO I

 

EL REY DEL BOSQUE

 

1. DIANA Y VIRBIO

 

¿Quién no conoce La rama dorada, el cuadro de Turner? La escena, bañada en el dorado resplandor con que la divina imaginación del artista envolvía y transfiguraba hasta el más bello paisaje, es una visión de ensueño del pequeño lago del bosque de Nemi, llamado por los antiguos "el espejo de Diana" [Lacus Nemorensis, de 5 y medio kilómetros de diámetro, 30 metros de profundidad y 90 de farallones sobre el nivel de las aguas, es un cráter extinto y subsidiario del cráter Albano, al este del lago de este nombre.] Quien haya contemplado las quietas aguas encunadas en uno de los verdes repliegues de las colinas albanas, no podrá olvidarlo. Las dos aldeas italianas típicas, que dormitan en sus laderas, y el palacio, cuyos jardines en terraplén descienden hasta el lago, apenas rompen la quietud y soledad de la escena. Diana misma podría frecuentar aún la solitaria orilla; aún podría aparecer entre el boscaje.

 

En la Antigüedad este paisaje selvático fue el escenario de una tragedia extraña y repetida. En la orilla norteña del lago, inmediatamente debajo del precipicio sobre el que cuelga el moderno villorrio de Nemi, estaba situado el bosquecillo sagrado y el santuario de Diana Nemorensiso Diana del Bosque. Lago y bosque fueron denominados, en ocasiones, lago y bosque de Aricia, aunque el pueblo de este nombre (modernamente La Riccia) estaba situado unos cinco kilómetros al pie del monte Albano y separado por una pendiente del lago, que yace en una concavidad,

 

a modo de cráter, en la falda de la montaña. Alrededor de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el puesto sacerdotal. Tal era la regla del santuario: el puesto sólo podía ocuparse matando al sacerdote y substituyéndole en su lugar hasta ser a su vez muerto por otro más fuerte o más hábil.

 

El oficio mantenido de este modo tan precario le confería el título de rey, pero seguramente ningún monarca descansó peor que éste, ni fue visitado por pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con inquietud al sueño, lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su vigilancia, el más pequeño abatimiento de sus fuerzas o de su destreza le ponían en peligro; las primeras canas sellarían su sentencia de muerte. Su figura ensombrecería el hermoso paisaje a los sencillos y piadosos peregrinos que se dirigían al santuario, como nube de tormenta velando el sol en un día luminoso.

 

El ensueño azul de los ciclos italianos, el claroscuro de los bosques veraniegos y el rielar de las aguas al sol. concordarían mal con aquella figura torva, siniestra. Mejor aun nos imaginamos este cuadro como lo podría haber visto un caminante retrasado en una de esas lúgubres noches otoñales en que las hojas caen incesantemente y el viento parece cantar un responso al año que muere. Es una escena sombría con música melancólica: en el fondo la silueta del bosque negro recortada contra un cielo tormentoso, el viento silbando entre las ramas, el crujido de las hojas secas bajo el píe, el azote del agua fría en las orillas, y en primer termino, vendo y uniendo, ya en el crepúsculo, ya en la oscuridad, destácase la figura oscura, con destellos acerados cuando la pálida luna, asomando entre las nubes, filtra su luz a través del espeso ramaje. Esta extraña costumbre sacerdotal no tiene paralelo en la antigüedad clásica. No podemos encontrar en ella su explicación, por lo que habremos de buscarla en otros campos. Probablemente nadie negará que esta costumbre tiene cierto sabor de edades bárbaras y que, sobreviviendo en la época imperial, se mantenía fuertemente aislada de aquella culta sociedad italiana, semejante a una roca primitiva surgiendo del recortado césped de un jardín. La gran rudeza y la ferocidad de la costumbre nos permiten abrigar la esperanza de explicarla. En recientes investigaciones de la historia primitiva, del hombre se revela la semejanza esencial de la mente humana, que bajo multitud de diferencias superficiales elaboró su primera y ruda filosofía de la vida. En consecuencia, si mostramos que en otros lugares existió una costumbre bárbara semejante a la del sacerdocio de Nemi, si averiguamos los motivos que indujeron a su establecimiento, si probamos que estos motivos han obrado extensa, quizá universalmente,en la sociedad humana, produciendo, según las diversas circunstancias, una variedad de instituciones de distinta especie pero genéricamente semejantes y, por último, si demostrásemos que sus verdaderos motivos, con algunas de sus instituciones derivadas, actuaron en la antigüedad clásica, entonces podríamos deducir justificadamente que en tiempos remotos las mismas causas generaron el sacerdocio de Nemi. Tal consecuencia, a falta de la evidencia directa de cómo se produjo el sacerdocio, no podrá nunca llegar a demostrarse, pero será más o menos probable según que se llenen o no las condiciones que hemos indicado. El objeto de esta obra es reunir dichas premisas para ofrecer una explicación clara y probable del .sacerdocio de Nemi.

 

Comenzaremos presentando los escasos hechos y leyendas que a este respecto han llegado hasta nosotros. Según una tradición, el culto de Diana en Nemi fue instituido por Orestes, quien después de matar a Thoas, rey del Quersoneso Táurico (Crimea), huyó con su hermana a Italia, trayéndose la imagen de la Diana Táurica………..

 

Muchas de las tribus indígenas de Sarawak tienen la firme convicción de que si las mujeres cometiesen adulterio mientras sus maridos buscaban alcanfor en la selva, se evaporaría el que recogieran. Hay maridos

 

que pueden saber si sus mujeres les son infieles por ciertos nudos de los árboles; se cuenta que en tiempos pasados, muchas mujeres fueron muertas por su marido celoso sin más evidencia que la de estos nudos.

 

Además, las mujeres no se atreverán a usar un peine mientras los maridos estén colectando alcanfor; si lo hicieran, los intersticios de las rugosidades de los árboles, en lugar de estar llenos de los preciosos cristales,

 

estarían vacíos como los espacios que hay entre las púas del peine.

 

En las islas Kei, al suroeste de Nueva Guinea, en cuanto botan un barco que está próximo a salir para un puerto distante, la parte de la playa en que estuvo varado se cubre con toda la rapidez posible de ramas de

 

palmera y el sitio es sagrado. Nadie puede, por consiguiente, cruzar sobre él hasta que el barco regrese al puerto de salida. Pasar antes por encima ocasionaría la pérdida del barco. Además, eligen tres o cuatro

 

muchachas para que mientras dure la travesía del barco estén en conexión simpatética con los marineros, contribuyendo las jóvenes con su conducta a la seguridad y éxito del viaje. Con este propósito, excepto para

 

las más imperiosas necesidades, no deben abandonar la habitación que se les señala. Más aún: durante todo el tiempo en que se cree que el barco está navegando, ellas deben permanecer inmóviles, acuclilladas sobre sus esterillas y con las manos entrelazadas y sujetas por las rodillas. Tampoco deberán hacer ningún movimiento a la derecha o la izquierda con la cabeza, ni ningún otro. Si los hacen, causarán el cabeceo y los bandazos del barco. Tampoco comerán golosinas tales como arroz cocido en agua de coco, pues lo pegadizo del alimento entorpecería la marcha del barco por el agua. Cuando se supone que los navegantes han llegado a su destino, se relaja un tanto la rigurosidad de estas reglas, pero mientras dure el viaje redondo, les está prohibido a las muchachas comer pescado de espinas agudas o aguijones, como la raya, pues temen que sus amigos marineros se vean envueltos en una aflicción ruda y punzante.

 

Donde prevalecen tales creencias respecto a la conexión simpatética entre amigos a distancia, no debe extrañarnos que, sobre todo, la guerra con su fuerte conmoción, excitando algunas de las más tiernas emociones humanas, avive en los parientes angustiados que quedan lejos el deseo de aprovechar los lazos simpatéticos íntegramente en beneficio de los seres queridos que pueden estar en aquellos momentos luchando y muriendo. Por esto, y para asegurar un propósito tan natural y laudable, las familias, en el hogar, están prestas a echar mano de recursos que nos extrañarán por ridículos o patéticos, según consideremos los medios empleados al efecto o su finalidad. Así, en algunos distritos de Borneo, cuando un dayako está en la "caza de cabezas", su mujer y, si no la tiene, su hermana, deberá llevar una espada día y noche para que él esté pensando siempre en sus armas; no dormirá ella durante el díani se acostará antes de las dos de la madrugada por temor de que a su marido o hermano lo sorprenda el enemigo durante el sueño. Entre los dayakos marinos de Banting, en Sarawak, las mujeres cumplen un código complicado de normas mientras los hombres están lejos luchando.

 

Entre los muchos usos beneficiosos que una ingenuidad equivocada ha aplicado a la ley de la magia homeopática o imitativa está la de hacer que los árboles y las plantas den sus frutos a su debido tiempo. En Turingia, cuando un hombre siembra lino, lleva la simiente a sus espaldas en un saco largo que le llega desde los hombros a las corvas y camina a grandes pasos, de tal modo que el saco se bambolea de un lado a otro. Creen que esto será la causa de que el lino, ya crecido, ondule a la brisa. En el interior de Sumatra, son las mujeres las que siembran el arroz, y cuando lo hacen llevan el pelo suelto por la espalda con objeto de que el arroz crezca espeso y dé cañas largas. De igual modo, en el antiguo México tenían un festival en honor de la diosa del maíz, "la madre de la cabellera larga", como la llamaban. Empezaban "cuando la planta había llegado a su completo desarrollo y las fibras brotaban por la punta de la mazorca verde indicando que el grano estaba ya completamente formado. Durante esta fiesta Vas mujeres llevaban suelto su largo pelo, y lo sacudían y lo agitaban en los bailes, acto principal del ceremonial que tenía por objeto que el penacho del maíz creciese con la misma profusión y que el grano fuese correspondientemente grande y lleno y así la gente conseguiría fruto en abundancia". En muchas partes de Europa, bailar o brincar son modos homeopáticos apropiados para conseguir que los sembradores crezcan mucho. Así, en el Franco-Condado dicen que se debe bailar en el Carnaval para hacer que el cáñamo crezca muy alto. La idea de que una persona puede influir sobre una planta homeopáticamente por su acción o condición se desprende claramente de la observación hecha por una mujer malaya: habiéndole preguntado por qué se desnudó de cintura arriba cuando segaba el arroz, explicó que lo hacía para que el arroz tuviese la cascarilla más fina, pues estaba cansada de machacarlo con la cáscara gruesa. Es evidente que pensaba que cuanto

 

menos ropa llevase ella, menos espesor tendría la cascarilla del arroz.

 

La virtud mágica que posee una mujer grávida, de comunicar la fertilidad, es conocida por los campesinos de Austria y Baviera, que piensan que si se da el primer fruto de un árbol a una mujer encinta, ello atraerá una copiosa colección de frutos en aquel árbol el año venidero. Por otro lado, los baganda creen que una mujer estéril infectará el huerto de su marido con su propia esterilidad, e impedirá que los árboles tengan frutos; por esto suelen repudiar a las mujeres sin hijos. Los griegos y romanos sacrificaban víctimas embarazadas a la diosa del cereal y de la tierra, sin duda con la idea de que el suelo produjese y el grano engordase mucho en la espiga. Como un sacerdote católico reconviniese a los indios del Orinoco por permitir que las mujeres sembrasen en el campo bajo un sol abrasador y con sus criaturas al pecho, los hombres respondieron:

 

"Padre, por no entender de estas cosas es por lo que se enoja usted. Usted sabe que las mujeres están acostumbradas a tener niños y los hombres no. Cuando las mujeres siembran, la caña de maíz lleva

 

dos o tres mazorcas, la raíz de la yuca llena dos o tres cestas y todas las demás cosas aumentan en proporción. ¿Por qué es esto? Sencillamente, porque las mujeres saben producir y conocen lo que hay que hacer con la simiente cuando ellas la siembran para que se reproduzca también.Las dejamos sembrar, por consiguiente; los hombres no sabemos de esto lo que ellas saben".

 

Así, en la teoría de la magia homeopática una persona puede actuar sobre la vegetación, ya para bien o para mal, según la calidad buena o mala de sus actos o según su condición: por ejemplo, una mujer fértil hará que las plantas fructifiquen y una mujer estéril las hará estériles. Esta creencia en la naturaleza nociva e infecciosa de ciertas cualidades personales o accidentales ha dado origen a un número de abstenciones o leyes prohibitivas: las personas dejarán de hacer ciertas cosas para no infectar homeopáticamente los frutos de la tierra con su propio estado o

 

condición indeseable. Todas estas costumbres alusivas o reglas de abstención son ejemplos de magia negativa o tabú. Tenemos, por ejemplo, que, argumentando sobre lo que pudiera llamarse el poder de infección de los actos o condiciones personales, dicen los galelareses que no deben dispararse flechas bajo un árbol con frutas, pues el árbol dejará caer sus frutas del mismo modo que caen las flechas al suelo, y también, cuando comen sandía, no mezclarán con las pepitas apartadas para …………..

 

Conforme al principio de la magia homeopática, las cosas inanimadas, del mismo modo que las plantas y los animales, pueden difundir beneficios o daños a su alrededor de acuerdo con su propia naturaleza intrínseca y la maestría del brujo para hacer fluir o represar, según el caso, las bienandanzas o calamidades. En Samarcanda las mujeres dan azúcar cande a los niños para que la chupen y les ponen goma en la

 

palma de la mano para que, cuando mayores, sus palabras sean dulces y las cosas de valor se peguen a sus manos como si estuvieran engomadas.

 

Los griegos pensaban que una prenda de vestir hecha con lana de oveja que hubiera sido mordida por un lobo perjudicaría al que la vistiera, produciéndole picor o irritación en la piel. También creían que si una piedra mordida por un perro era arrojada al vino, quienes lo bebiesen regañarían entre sí. Entre los árabes del Moab una mujer sin hijos pide prestada con frecuencia la ropa de otra que ha tenido muchos hijos, en la confianza de que con el vestido adquirirá la fertilidad de su dueña. Los cafres de Sofala, en el África Oriental, temían sobremanera ser golpeados con algo hueco, como una caña o paja, y preferían serlo con un grueso garrote o una barra de hierro, aunque se les hiciera mucho daño. Pensaban que a un hombre golpeado con cualquier cosa hueca se le disiparía el interior del cuerpo hasta morirse. En los mares orientales existen unas conchas grandes de molusco que los bugineses………….

 

Los antiguos estimaron en mucho las cualidades mágicas de las piedras preciosas: es más, se ha sostenido, con grandes apariencias de razón, que las piedras de esta clase se usaron como amuletos mucho antes que con fines de ornamentación. Los griegos dieron el nombre de árbol ágata a la piedra que muestra arborescencias y creyeron que si ataban dos de estas piedras a los cuernos de los bueyes de arado, la cosecha sería seguramente magnífica. También reconocían que una piedra lechosa produciría abundante leche en las mujeres si las bebían disueltas en aguamiel. Piedras de leche son usadas aún con el mismo propósito por las mujeres griegas de Creta y Melos. En Albania las madres lactantes llevan piedras de esta clase para asegurar una abundante "subida de leche". Los griegos creían además en una piedra serpentina; para probar su eficacia sólo había que pulverizarla y poner el polvo en la mordedura.

 

La amatista color vino recibió su nombre, que significa "no borracho", a causa de suponerse que mantenía sobrio al que la llevase, y cuando dos hermanos deseaban vivir juntos se les aconsejaba que llevasen consigo piedra imán, pues atrayendo a los dos, sin duda evitaría que regañasen.

 

Los libros antiguos de los hindúes dictan como regla que los recién casados, en el anochecer del día de su matrimonio, deben sentarse juntos y en silencio hasta que empiecen a titilar las estrellas en el cielo, y cuando aparezca la estrella Polar, él se la señalará a ella y, dirigiéndose a la estrella, dirá: "Tú estás fija, te veo, la Inmóvil. Sé firme para mí, ¡oh Próspera!" Y después, volviéndose hacia su mujer, deberá decir: "Me has sido dada por Brihaspati: ten hijos de mí, tu marido; vive conmigo cien otoños". La intención de la ceremonia es claramente guardarse contra los reveses de la fortuna y la inconstancia de la felicidad terrenal, por la influencia inmutable de la estrella fija. Es el deseo expresado en el último soneto de Keats.

 

Estrella brillante, yo querría ser inmutable como tú fija, no en el esplendor solitario colgada en lo alto de la noche.

 

Hasta ahora hemos tratado principalmente de la rama de la magia simpatética que puede denominarse homeopática o imitativa. Su principio director, como hemos visto, es que "lo semejante produce lo semejante" o, en otras palabras, que el efecto se asemeja a su causa. La otra gran rama de la magia simpatética, que hemos llamado magia contaminante o contagiosa, procede de la noción de que las cosas que alguna vez estuvieron juntas quedan después, aun cuando se las separe, en tal relación simpatética que todo lo que se haga a una de ellas producirá parecidos efectos en la otra. Así, vemos que la base lógica de la magia

 

contaminante, parecida a la de la homeopática, es una errónea asociación de ideas. Su base física, si podemos hablar así, semejante a la base física de la magia homeopática, es un intermedio material de cierta clase que, a semejanza del éter de la física moderna, se supone que une los objetos distantes y conduce las impresiones del uno al otro. El ejemplo más familiar de magia contaminante es la simpatía mágica que se cree existe entre una persona y las partes separadas de ella, tales como el pelo, los recortes de uñas, etc.; así que siempre que se llegue a conseguir pelo humano o uñas, se podrá actuar a cualquier distancia sobre la persona de quien proceden. Esta superstición es universal; después daremos en esta obra ejemplos relativos al pelo y las uñas.

 

Entre las tribus australianas fue práctica general arrancar uno o varios de los dientes frontales de los muchachos en esas ceremonias de iniciación a las que tenían que someterse los mozos para poder gozar de

 

todos los privilegios y derechos de los adultos. La razón de esta práctica es oscura; lo que aquí nos importa es la creencia en que existe una relación simpatética que continúa entre el muchacho y sus dientes, después de haber sido extraídos éstos de sus encías. Así, entre algunas de las tribus cercanas al río Darling, en Nueva Gales del Sur, colocaban el dienteextraído bajo la corteza de un árbol cercano a un río o charco permanente

 

o manantial; si la corteza crecía sobre el diente o si el diente caía……………………………

 

Hemos terminado nuestro examen de los principios generales de la magia simpatética. Los ejemplos con que lo hemos ilustrado proceden en su mayor parte de lo que podríamos llamar magia privada, es decir, de los ritos mágicos practicados en beneficio o daño de los hombres. Pero en la sociedad salvaje hay también lo que podemos denominar magia pública, esto es, la hechicería practicada en beneficio de la sociedad en conjunto. Siempre que las ceremonias de esta clase se observen para el bien común, es claro que el hechicero deja de ser meramente un practicón privado y en cierto modo se convierte en funcionario público. El desenvolvimiento de tal clase de funcionarios es de gran importancia para la evolución, tanto política como religiosa, de la sociedad. Cuando el

 

bienestar de la tribu se supone que depende de la ejecución de estos ritos mágicos, el hechicero o mago se eleva a una posición de mucha influencia y reputación, y en realidad puede adquirir el rango y la autoridad

 

propios del jefe o del rey. La profesión congruentemente atrae a sus filas a algunos de los hombres más hábiles y ambiciosos de la tribu, porque les abre tal perspectiva de honores, riqueza y poder como difícilmente pueda ofrecerla cualquier otra ocupación. Los perspicaces se dan cuenta del modo tan fácil de embaucar a los simplones cofrades y manejan la superstición en ventaja propia. No es que el hechicero sea siempre un impostor y un bribón; con frecuencia está sinceramente convencido de que en realidad posee los maravillosos poderes que le adscribe la credulidad de sus compañeros. Pero cuanto más sagaz sea, más

 

fácilmente percibirá las falacias que impone a los tontos. De esta manera, los más habilidosos miembros de la profesión tienden a convertirse en impostores más o menos conscientes, y es lógico que estos hombres, en virtud de su habilidad superior, lleguen a ocupar la cúspide y a conquistar para ellos mismos las posiciones de mayor dignidad y autoridad más imperiosa. Las trampas tendidas al paso del brujo profesional son

 

múltiples y como regla solamente el hombre de cabeza fría y aguda astucia conseguirá guiarse en su camino con seguridad. Por esto, tendremos siempre presente que cada una de las declaraciones y pretensiones

 

que el hechicero anuncia son, como tales, falsas: ninguna de ellas puede sostenerse sin impostura consciente o inconsciente. Por consiguiente, el brujo que cree sinceramente en sus extravagantes pretensiones está en mucho mayor peligro que el deliberado impostor y es mucho más probable que su carrera se frustre. El hechicero honrado confía siempre en que sus conjuros y sortilegios produzcan los efectos esperados y cuando fallan, no sólo realmente, como sucede siempre, sino llamativa y desastrosamente como ocurre con frecuencia, queda anonadado; él no está preparado para explicar satisfactoriamente su fracaso, como lo

 

está su colega impostor, y antes de que logre hacerlo es posible quecaiga la culpa sobre su cabeza por obra de sus defraudados y coléricos clientes.

 

El resultado general es que en este grado de evolución social, elpoder supremo tiende a caer en las manos de los hombres de inteligenciamás perspicaz y de carácter menos escrupuloso. Si pudiéramos sopesar el daño que hacen con su bellaquería y el beneficio que confieren con su superior sagacidad, es posible que encontrásemos que lo bueno sobrepasa con mucho a lo malo, pues más desgracias han sobrevenido al

 

mundo seguramente por obra de los tontos honestos y encumbrados en los altos puestos que por los bribones inteligentes. Una vez que el astuto trapacero ha colmado su ambición y no tiene más perspectivas egoístas

 

que conseguir, puede poner al servicio público su talento, su experiencia y sus recursos, lo que frecuentemente hace. Muchos hombres poco onada escrupulosos en la adquisición del poder, han sido los más benéficos en su uso, cualquiera que fuese el poder ambicionado, riqueza o autoridad política. En el campo de la política, el intrigante astuto, el victorioso despiadado, pudo terminar siendo gobernante sabio y magnánimo, bendecido en vida, llorado en muerte y admirado y aplaudido por la posteridad. Hombres así, citando dos de los más conspicuos ejemplos, fueron Julio César y Augusto. Pero un tonto es siempre un tonto y cuanto mayores sean sus facultades, tanto más desastroso será el uso que haga de ellas. La mayor calamidad de la historia inglesa, la ruptura con Norteamérica, podría no haber sucedido si Jorge III no hubiese sido un lerdo honrado. De este modo, y en la medida en que la profesión pública de mago

 

influyó sobre la constitución de la sociedad salvaje, tendió a entregar las riendas de los negocios públicos en manos del hombre más hábil y trasladó el poder de muchos a uno solo, substituyendo por la monarquía

 

una gerontocracia, o mejor aún una oligarquía de ancianos, pues en general la sociedad salvaje no es gobernada por el conjunto de las personas adultas (democracia), sino por el consejo de los mayores. El

 

cambio, cualesquiera que fueran las causas que lo produjesen y la naturaleza de los primitivos gobernantes, resultó en conjunto muy beneficioso.

 

El nacimiento de la monarquía parece haber sido una condición esencial al emerger la humanidad del salvajismo. Ningún ser humano está tan subyugado por las costumbres y tradiciones como el salvaje:

 

consecuentemente, en ningún estado social es su progreso tan lento y dificultoso. La vieja idea de ser el salvaje el más libre de los humanos es contraria a la verdad. Es un esclavo, y no de un amo visible, sino del

 

pasado, de los espíritus de sus antecesores muertos, que rondan sus pasos desde que nace hasta que muere y le gobiernan con cetro de hierro. Lo que ellos hicieron es la fuente del derecho, la ley no escrita, a

 

la que se debe una ciega e indiscutida obediencia. El campo de acción que se ofrece al talento superior para cambiar las antiguas costumbres por otras mejores es muy reducido; el hombre más capaz es arrastrado por

 

los más ignorantes y torpes, que necesariamente dan la norma, puesto que no pueden alzarse y él sí puede caer. La superficie de tal sociedad presenta un inerte nivel uniforme, en tanto que es humanamente posible reducir las

 

desigualdades humanas, las inconmensurables diferencias innatas y reales de capacidad y temperamento, a una apariencia falsa de igualdad. De esta condición baja y estancada de la sociedad, que los

 

demagogos y soñadores de tiempos posteriores proclamaron como estado ideal —la edad de oro de la humanidad—, todo lo que ayudara a elevarse a la sociedad," abriendo camino al talento y proporcionando

 

grados de autoridad a la capacidad natural de los hombres, merece ser bien recibido por quienes tienen el bien general como norte de sus acciones. Cuando estas influencias elevadas han comenzado a operar y no pueden ser suprimidas radicalmente, el progreso de la civilización se hace relativamente rápido. Hasta las extravagancias y caprichos de un tirano podían servir para romper la cadena de costumbres que ataba tan pesadamente al salvaje. Y tan pronto como la tribu dejaba de ser regida por los tímidos y divididos consejos de los ancianos y obedecía a la dirección de una sola cabeza fuerte y decidida, se hacía formidable para sus vecinos e ingresaba en el camino del engrandecimiento, que en las tempranas edades de la historia es con frecuencia favorable al progreso social, industrial e intelectual. Extendiendo su poderío, parte por la fuerza de las armas y parte por la sumisión voluntaria de las tribus más débiles, la sociedad adquiría pronto riquezas y esclavos, y ambas cosas relevaban a ciertas clases de la lucha perpetua con la indigencia, que aprovechaban para dedicarse a la prosecución desinteresada de la sabiduría, que es el más noble y más poderoso instrumento del mejoramiento del destino humano.

 

Los progresos intelectuales que se revelan en el crecimiento del arte y la ciencia y el desarrollo de perspectivas más liberales no podían disociarse de los progresos económicos o industriales, los que a su vez recibían un impulso inmenso de las conquistas y el imperio. Si nos remontamos a las fuentes de la historia, vemos que no es accidental que los primeros grandes saltos hacia la civilización fueron dados algunas veces bajo



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